sábado, 23 de diciembre de 2017

CUANDO LA HIPOCRESÍA SALVÓ LA NAVIDAD



Mira que si al final el espíritu navideño va a resultar una utopía. Y es que en ciertos momentos y con ciertas personas puede resultar incómodo abrirnos sinceramente, porque todos conocemos a gente que mira a otra parte cuando ve un problema en un tercero, mostramos actitud pasiva ante los derechos que nos otorga nuestro sistema, esos de la vivienda digna para todos.... A ver si todos los que piden en la calle no va a ser para drogarse; o todos los musulmanes no son terroristas; o todos los ocupas no se merecen un castigo… A ver si una bandera en mi balcón me separa más de los demás en vez de unirme… Sí, puede que todo sea una enorme hipocresía del sistema que nuestros medios de comunicación nos inculcan como si de variables extrañas se tratase y no de seres humanos poseedores de virtudes y cualidades extraordinarias. Pero ¿cuáles son los verdaderos valores del espíritu navideño en la actualidad?
Lo dijo Balzac, "las costumbres son la hipocresía de las naciones". Podríamos generalizarlo un poco más, "tanto la sociedad como el hombre que se desarrolla dentro de ella son hipócritas". Con esto no pretendo realizar un discurso negativo o deprimente sobre el tema que nos toca, la Navidad, época en la que todos damos lo mejor de nosotros mismos, cenando juntos y ofreciéndonos regalos… O mejor dicho, aparentando dar lo mejor de nosotros mismos, si es que las circunstancias personales del momento o nuestras percepciones subjetivas nos lo permiten. En estos momentos los valores que atraen a la mayoría de seres humanos (en Navidad y también en el resto del año) suelen tener carácter materialista, frívolo, superficial y ególatra. Características que se pueden interpretar como competentes en esta sociedad que como por arte de magia nos envuelve y modela: quiero el BMW tal, quiero ese bolso equis, quiero ser el primero y me da igual cómo... En cambio, valores como la empatía, la solidaridad, la sensibilidad hacia los demás, a los animales…a nuestro Planeta, se diluyen como el azúcar en un vaso de agua caliente.
Es decir, nos convertimos en hipócritas en el momento que escondemos nuestra razón y sentimientos hacia los demás. Aparentar ser como no somos y para colmo querer convencer o exigir que los demás estén de acuerdo con nuestras convicciones sin respetar la realidad, sin respetar que la otra persona puede manejarse en otro nivel de hipocresía.
No nos engañemos, porque nadie se salva de este sentimiento desagradable, que a nadie gusta experimentar. Ni el más místico, ni el más espiritual, porque como mencionaba R. W. Emerson, "todo hombre es sincero a solas; en cuanto aparece una segunda persona empieza la hipocresía”.
Aunque el antídoto sea aprender a ser asertivo (habilidad social que se puede trabajar y aprender para ser sinceros y directos, expresando lo que realmente se quiere decir, sin herir los sentimientos de los demás… tarea complicada y difícil a pesar de que es honesta), sólo se puede ser de una manera adaptativa y en ciertas ocasiones. Porque ¿quién no saluda a gente que no desea? o ¿quién en la cena de empresa o familia en estas fechas actúa lo más aparentemente cordial, reprimiendo hablar o decir lo que realmente piensa… para no crear un posible conflicto? Decía J. Martí que "la libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía". Aunque podíamos reconocer, visto lo visto, que pueden existir diferentes niveles de hipocresía: no es lo mismo saludar al vecino que no te apetece que conseguir un objetivo productivo como puede ser un trabajo, donde ser agradable con tu jefe consolida tu estabilidad en la empresa.
Pero seamos sinceros, ¿cuántas navidades nos ha salvado la hipocresía?, ¿es la hipocresía en esta sociedad hipócrita una salvación para vivir con menos trastornos emocionales, a pesar que el sentimiento de hipocresía sea de malestar?
Un año más nos encontramos otra vez delante de esta tradición social en la que nos reuniremos con nuestros compañeros y familiares y donde la asertividad y la hipocresía jugarán un papel difícil de conjugar a la hora de estar más a gustos. Danzaremos de una a otra inconscientemente con la sana intención de que todo se desarrolle los más cordialmente posible según nuestros criterios aprendidos socialmente.
Y es que hay que saber medir ese desagradable nivel porque "en tiempos de hipocresía, cualquier sinceridad parece cinismo" (W. S. Maugham). Pero si una cosa está clara es que volveremos a sobrevivir a la Navidad, porque es tolerable, porque se puede pasar bien, y porque, a pesar de los estruendosos y molestos petardos, puede ser maravillosa.
¡Felices Fiestas... pero de verdad, ¿eh?!!
Francisco Javier Rodríguez del Valle

jueves, 23 de noviembre de 2017

LA MAR DE EMOCIONES


La asociación Chinchimonete de Cortegana ganadora de la edición 2017 del concurso de proyectos de la Diputación de Huelva
www.diphuelva.es

EL JUEGO



 De pequeños, cuando estábamos jugando, de vez en cuando llegaba alguno que interrumpía, decía que quería jugar pero no cumplía las reglas, hasta que nos enfadaba y le decíamos “no sabes jugar”. Que te digan “no sabes jugar”, en ese sentido, no resulta nada agradable, porque sabes que no se refieren al conocimiento de las reglas, sino a algo más importante, al pacto implícito que supone aceptarlas. Cuando llega el que no sabe jugar, todo se desbarata y la actividad lúdica se disuelve. Ese pacto implícito que fundamenta cualquier juego puede ser trasladado a gran parte de las dimensiones humanas. Hay quien sabe entrar en el juego fácilmente y hay quien no termina de comprender a qué se juega.
   Existen tantos tipos de juegos que es muy arriesgado ofrecer una definición que abarque todos. Quizás en todos ellos haya al menos un participante y al menos una regla. El objetivo de los juegos es simplemente seguir sus reglas, sin buscar nada más. No seguirlas o tomar el juego como un medio para otros fines externos implica abandonar el juego. Es una actividad autosuficiente en la que mostramos inteligencia y sociabilidad. Jugar uno solo también es una actividad social: además de arrastrar las competencias lingüísticas y sociales adquiridas en comunidad, el que juega en soledad se desdobla, se autoimpone normas y, si no hay nadie delante, hasta se hace trampas…
         La racionalidad humana ha sido identificada con el juego, tanto la racionalidad teórica como práctica. En los inicios de la investigación sobre Inteligencia Artificial se intentó crear programas que jugasen al ajedrez. El juego quedaba reducido a un programa, un algoritmo que fuese capaz de manejar reglas y valorar jugadas. Razonar era un juego lógico, un juego formal. Desde el punto de vista de la psicología evolutiva, el juego pasó a ser sinónimo de inteligencia moral y social. El niño toma conciencia de las normas a través del juego. Saber jugar es saber pactar con otros lo que vale o no vale. El juego es, por lo tanto, una actividad necesaria para el desarrollo del sujeto y su socialización. Hoy, el comportamiento social es analizado por la teoría de juegos. Las decisiones racionales son el fruto de un cálculo, de una estrategia de varios jugadores que interaccionan entre sí. Todo formalizado y matematizado. Recordemos, por último, la reflexión de Wittgenstein sobre los juegos del lenguaje…
         El concepto de juego es muy útil para comprender a los seres humanos. Nos proporciona metáforas muy fructíferas para desentrañar nuestra naturaleza. Comprender significa llevar a cabo isomorfismos y traslaciones. En las estructuras de los juegos hallamos reglas, límites, jugadores, jueces, premios, castigos, riesgo, diversión, competición, tiempos, espacios, clasificaciones… Nos viene muy bien, por ejemplo, para analizar el terreno de la política y el ámbito del arte.
         Las constituciones establecen las reglas de juego de la vida social y política de un país. Los ciudadanos y las instituciones somos los jugadores. Hay infinitas jugadas válidas dentro de ese marco. Una vez aprobada, resulta incoherente intentar quebrantarla. La evolución del juego puede exigir alguna modificación de esas normas, pero deben estar de acuerdo todos los participantes. Como ocurre en los deportes, esas modificaciones sólo se realizarán en caso necesario y evitando aniquilar la esencia del juego. La metáfora puede extenderse y hablar de equipos, competiciones, clasificaciones, sobre todo si pensamos en los procesos electorales.
         Las obras de arte también son algo parecido a un juego, en este caso planteado por el artista. Contemplar un cuadro, sea del estilo que sea, supone aceptar un conjunto de reglas autónomo, diseñado por el pintor. En un cuadro realista aceptamos el juego de la perspectiva, la profundidad, el color, las proporciones… Ahí parece fácil porque es similar a las reglas de la percepción que manejamos diariamente. Sin embargo, con los estilos no figurativos entrar en el juego puede resultar más difícil, ya que el pintor te pide que asumas un conjunto de reglas totalmente nuevo, ajeno a la percepción diaria. Y en el arte conceptual, en una instalación, el creador pretende que entres en el juego de cuestionar las reglas del arte, de la sociedad o de la obra que te está ofreciendo. ¿Se imaginan a un espectador que va a ver un partido de baloncesto pensando que todos los deportes se rigen por las reglas del fútbol? Pues eso le ocurre al que observa arte abstracto y busca figuras con significado, o al que visita una instalación y no encuentra belleza formal.  

Juan Carlos González

lunes, 20 de noviembre de 2017

EXPOSICIÓN DE MIGUEL PARRA EN LA SALA BARBA BLANCA





“El artista es un ludópata: juega con las infinitas posibilidades del mundo para crear belleza. Y apuesta su vida en ello”. Max Zoster escribió este pensamiento en una fecha crucial de su vida intelectual. Eran los años sesenta: los artistas ya no sabían si eran modernos o posmodernos. Zoster, crítico de arte y filósofo, tiene un gran dilema. No sabe si continuar con su vieja pasión por la belleza o lanzarse de cabeza a los infinitos mundos del arte conceptual. Su desazón estética le conduce a una lectura inesperada: “A treatise on the kaleidoscope”, de David Brewster, un estudio de 1819. Aunque Zoster se perdió entre espejos, lentes, reflexiones y refracciones, no tardó en percatarse de que no hay concepto sin belleza. Porque no hay mayor riesgo que construir formas bellas y elegantes… “Los colores sin conceptos son aburridos. Los conceptos sin colores son mucho más aburridos…” Y pensó Max Zoster que la clave se hallaba en el viejo tubo mágico, por eso lo investigó. Pero el caleidoscopio, ajeno a sus inquietudes, sólo le ofreció una difusa metáfora…
Tarde o temprano los artistas y los filósofos recuerdan que toda creación artística o intelectual gira alrededor de la verdad, el bien y la belleza. Por eso la conversación entre ellos suele ser un noble juego del que brotan inquietantes mundos.

Miguel Parra Boyero es Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla. Desde 1985 viene participando en numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas. Colaborador de La Voz del Sur en la sección Negro sobre negro, sus trabajos han aparecido en la revista Cambio 16, Diario de Jerez, National Geographic y la revista digital de humor “La kodorniz”. Ha dado charlas como ilustrador para el Centro Andaluz de las Letras y para la asociación “La casa de las palabras” de Jerez. También ha ilustrado libros para los escritores Juan Manuel López, Manuel Bernal, Eliacer Cansino, Silvia Álvarez, Carmen Gil y José Antonio Antón entre otros.
Juan Carlos González

domingo, 2 de julio de 2017