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jueves, 23 de noviembre de 2017

EL JUEGO



 De pequeños, cuando estábamos jugando, de vez en cuando llegaba alguno que interrumpía, decía que quería jugar pero no cumplía las reglas, hasta que nos enfadaba y le decíamos “no sabes jugar”. Que te digan “no sabes jugar”, en ese sentido, no resulta nada agradable, porque sabes que no se refieren al conocimiento de las reglas, sino a algo más importante, al pacto implícito que supone aceptarlas. Cuando llega el que no sabe jugar, todo se desbarata y la actividad lúdica se disuelve. Ese pacto implícito que fundamenta cualquier juego puede ser trasladado a gran parte de las dimensiones humanas. Hay quien sabe entrar en el juego fácilmente y hay quien no termina de comprender a qué se juega.
   Existen tantos tipos de juegos que es muy arriesgado ofrecer una definición que abarque todos. Quizás en todos ellos haya al menos un participante y al menos una regla. El objetivo de los juegos es simplemente seguir sus reglas, sin buscar nada más. No seguirlas o tomar el juego como un medio para otros fines externos implica abandonar el juego. Es una actividad autosuficiente en la que mostramos inteligencia y sociabilidad. Jugar uno solo también es una actividad social: además de arrastrar las competencias lingüísticas y sociales adquiridas en comunidad, el que juega en soledad se desdobla, se autoimpone normas y, si no hay nadie delante, hasta se hace trampas…
         La racionalidad humana ha sido identificada con el juego, tanto la racionalidad teórica como práctica. En los inicios de la investigación sobre Inteligencia Artificial se intentó crear programas que jugasen al ajedrez. El juego quedaba reducido a un programa, un algoritmo que fuese capaz de manejar reglas y valorar jugadas. Razonar era un juego lógico, un juego formal. Desde el punto de vista de la psicología evolutiva, el juego pasó a ser sinónimo de inteligencia moral y social. El niño toma conciencia de las normas a través del juego. Saber jugar es saber pactar con otros lo que vale o no vale. El juego es, por lo tanto, una actividad necesaria para el desarrollo del sujeto y su socialización. Hoy, el comportamiento social es analizado por la teoría de juegos. Las decisiones racionales son el fruto de un cálculo, de una estrategia de varios jugadores que interaccionan entre sí. Todo formalizado y matematizado. Recordemos, por último, la reflexión de Wittgenstein sobre los juegos del lenguaje…
         El concepto de juego es muy útil para comprender a los seres humanos. Nos proporciona metáforas muy fructíferas para desentrañar nuestra naturaleza. Comprender significa llevar a cabo isomorfismos y traslaciones. En las estructuras de los juegos hallamos reglas, límites, jugadores, jueces, premios, castigos, riesgo, diversión, competición, tiempos, espacios, clasificaciones… Nos viene muy bien, por ejemplo, para analizar el terreno de la política y el ámbito del arte.
         Las constituciones establecen las reglas de juego de la vida social y política de un país. Los ciudadanos y las instituciones somos los jugadores. Hay infinitas jugadas válidas dentro de ese marco. Una vez aprobada, resulta incoherente intentar quebrantarla. La evolución del juego puede exigir alguna modificación de esas normas, pero deben estar de acuerdo todos los participantes. Como ocurre en los deportes, esas modificaciones sólo se realizarán en caso necesario y evitando aniquilar la esencia del juego. La metáfora puede extenderse y hablar de equipos, competiciones, clasificaciones, sobre todo si pensamos en los procesos electorales.
         Las obras de arte también son algo parecido a un juego, en este caso planteado por el artista. Contemplar un cuadro, sea del estilo que sea, supone aceptar un conjunto de reglas autónomo, diseñado por el pintor. En un cuadro realista aceptamos el juego de la perspectiva, la profundidad, el color, las proporciones… Ahí parece fácil porque es similar a las reglas de la percepción que manejamos diariamente. Sin embargo, con los estilos no figurativos entrar en el juego puede resultar más difícil, ya que el pintor te pide que asumas un conjunto de reglas totalmente nuevo, ajeno a la percepción diaria. Y en el arte conceptual, en una instalación, el creador pretende que entres en el juego de cuestionar las reglas del arte, de la sociedad o de la obra que te está ofreciendo. ¿Se imaginan a un espectador que va a ver un partido de baloncesto pensando que todos los deportes se rigen por las reglas del fútbol? Pues eso le ocurre al que observa arte abstracto y busca figuras con significado, o al que visita una instalación y no encuentra belleza formal.  

Juan Carlos González

lunes, 20 de noviembre de 2017

EXPOSICIÓN DE MIGUEL PARRA EN LA SALA BARBA BLANCA





“El artista es un ludópata: juega con las infinitas posibilidades del mundo para crear belleza. Y apuesta su vida en ello”. Max Zoster escribió este pensamiento en una fecha crucial de su vida intelectual. Eran los años sesenta: los artistas ya no sabían si eran modernos o posmodernos. Zoster, crítico de arte y filósofo, tiene un gran dilema. No sabe si continuar con su vieja pasión por la belleza o lanzarse de cabeza a los infinitos mundos del arte conceptual. Su desazón estética le conduce a una lectura inesperada: “A treatise on the kaleidoscope”, de David Brewster, un estudio de 1819. Aunque Zoster se perdió entre espejos, lentes, reflexiones y refracciones, no tardó en percatarse de que no hay concepto sin belleza. Porque no hay mayor riesgo que construir formas bellas y elegantes… “Los colores sin conceptos son aburridos. Los conceptos sin colores son mucho más aburridos…” Y pensó Max Zoster que la clave se hallaba en el viejo tubo mágico, por eso lo investigó. Pero el caleidoscopio, ajeno a sus inquietudes, sólo le ofreció una difusa metáfora…
Tarde o temprano los artistas y los filósofos recuerdan que toda creación artística o intelectual gira alrededor de la verdad, el bien y la belleza. Por eso la conversación entre ellos suele ser un noble juego del que brotan inquietantes mundos.

Miguel Parra Boyero es Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla. Desde 1985 viene participando en numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas. Colaborador de La Voz del Sur en la sección Negro sobre negro, sus trabajos han aparecido en la revista Cambio 16, Diario de Jerez, National Geographic y la revista digital de humor “La kodorniz”. Ha dado charlas como ilustrador para el Centro Andaluz de las Letras y para la asociación “La casa de las palabras” de Jerez. También ha ilustrado libros para los escritores Juan Manuel López, Manuel Bernal, Eliacer Cansino, Silvia Álvarez, Carmen Gil y José Antonio Antón entre otros.
Juan Carlos González

martes, 9 de mayo de 2017

TIEMPO CREADOR



Autor: Juan Carlos González García
Ilustración: Miguel Parra

Cada segundo, cuando las certidumbres se derrumban, aparece ese instinto creador que recupera lo perdido y adormece los dolores.
Cada segundo, cuando las dudas se esconden, aburridas de esperar, brota la traidora racionalidad que nos distingue de las piedras.
Cada segundo, cuando los sentidos se ofuscan, nace el noble deseo de construir otro universo con una caja de cartón.
        
         Lo que sabe la física y la biología no nos sorprende ni intimida. Como seres materiales, formamos parte de un continuo de espacio y tiempo. Somos partículas, átomos, energía. Somos estructuras vivas que retienen por un instante el caos y la dispersión. Todo tiende al desorden, a enfriarse, a diluirse. Y la filosofía, junto con las religiones, recurre a las metáforas para dibujar este flujo: línea recta, flecha, círculo, espiral o laberinto. Mas saben los filósofos que nuestra percepción del tiempo siempre es interesada. Esa es una de las trampas de la autoconciencia. Aunque sabemos que somos masas que deforman ese espacio-tiempo y que la aceleración de un cuerpo curva esa malla esencial, también sabemos que, para los humanos, tiempo es pasar el tiempo, perder el tiempo, no tener tiempo o pensar el tiempo.

Materia organizada: si miras tu mano o tu cara, hallarás pliegues ocultos, tramas numéricas, reacciones encadenadas.
Materia desorganizada: si miras tus arrugas y sientes tus dolores, descifrarás el lenguaje del desgaste y la erosión.
Materia consciente: si miras tu mirada, te reconocerás como ser pensante que atraviesa el espejo para no volver.

         Los senderos creativos nos sirven para acabar con el aburrimiento. Todas las vanguardias artísticas del siglo XX han intentado aniquilar la monotonía adormecedora del capitalismo y la sociedad de consumo. El aburrimiento del que hablamos es sinónimo de alienación, de cosificación o de embrutecimiento. Cada uno a su manera, desde el cubismo al arte conceptual, todos han concebido el arte como una forma de erosionar la maquinaria del tedio. Han retorcido la materia para definir nuevos territorios, ajenos a la rutina mercantilista, ajemos al hastío de nuestras mentes. Las vanguardias anhelan situaciones inesperadas, conscientes e inconscientes, situaciones que alteren el orden establecido. No concebían un arte que no fuera subversivo. 
Eres la espiral de los días: tu huida carece de sentido si es sólo huida.
Eres el bucle de los días: jamás saldrás del laberinto sin la conciencia poética del desastre.
Eres un maldito roedor enjaulado en un reloj de arena: si huyes del juego de las tardes, nunca conocerás la esencia de los ritmos y la pureza de las mañanas.

         La revolución cultural consiste en una toma de conciencia: nos damos cuenta de que la maquinaria del tedio controla nuestros tiempos, los crea, domina nuestro ritmo vital para atrapar nuestras mentes. Si la obra de arte es un juego, actividad con reglas, entonces el tiempo es apresado por ese juego. La actividad artística se basta a sí misma. Quien entra en el juego poético no espera nada más, si es un verdadero poeta. El juego creativo y contemplativo pretende dominar los tiempos de espera, para acoplarnos a los ciclos naturales. Y la liberación implica la dialéctica entre autonomía formal y crítica de las estructuras de poder.

Deseas otras constelaciones: por eso escribes, pintas o cantas, porque esa sintaxis desmorona los viejos cimientos y atasca los engranajes.
Deseas otra anatomía: otros brazos, otras piernas, otro universo, otros estilos, otras formas de contar el derrumbe.
Deseas otros senderos, otras formas de pensar. Porque sabes que sólo la creación de tiempo no administrado puede ofrecerte libertad. Las artes y las ciencias, si son originales, arriesgadas, generan grietas en el hormigón del tedio diseñado por la clase dominante.

martes, 14 de junio de 2016

PIRUETAS EN EL VACÍO




PIRUETAS EN EL VACÍO

Juan Carlos González García

CUALQUIER definición de cultura resulta insatisfactoria, bien por ser demasiado general, bien por dejar fuera ciertas actividades humanas. Lo mismo ocurre con el término "intelectual", a veces ambiguo, vacío o contradictorio. En campaña electoral, todos los partidos se preocupan por la cultura. Y todos quieren la opinión favorable de los intelectuales. 

En sentido antropológico, la cultura abarca casi todas las dimensiones humanas. Se trataría de una forma de vida, un sistema de creencias, valores y normas, transmitido mediante el aprendizaje social. Las lenguas, la manera de cocinar, las canciones, la poesía, los juegos, las relaciones de producción, las ciencias y las técnicas, todo ello cabría en este concepto amplio de cultura. 

Hay diferentes culturas porque hay diversos modos de adaptarse al entorno. Tradicionalmente se ha dicho que la cultura nos eleva por encima de la naturaleza. Algunos han llegado a ver una oposición entre naturaleza y cultura. El cuerpo, con sus mecanismos e impulsos, sería el ámbito de la naturaleza, de lo determinado y necesario. Los seres humanos, como entes físicos, transmitimos información a las siguientes generaciones, con los genes. Sin embargo, el desarrollo del lenguaje, la capacidad simbólica, la vida en sociedad y la racionalidad, nos permitirían vivir en otra dimensión de lo real, constituida de palabras, fórmulas, conceptos, imágenes, melodías, normas,.. Sería el ámbito de lo indeterminado, de la libertad y de la dignidad humana. La información que transmitimos por aprendizaje social es, por tanto, de otro tipo. 

Pero, desde un enfoque naturalista, la oposición entre naturaleza y cultura queda hoy disuelta. Nuestra racionalidad, práctica y teórica, sería fruto de la selección natural. La naturalización de la cultura implica comprenderla desde el azar de las mutaciones, los factores de un entorno concreto y la lucha por la supervivencia. Todas las actividades culturales estarían conectadas con facultades que han surgido por esa selección natural. Es un enfoque inmanente: las capacidades cognitivas son propiedades de un sistema nervioso, que funciona en un ente vivo. 

Desde un punto de vista más reducido, el término cultura hace referencia a la ciencia, la literatura, la pintura, la música, la filosofía, el teatro, etc. Algunos utilizan el término "alta cultura" para hablar de esas disciplinas. El trabajo de un herrero o de un alfarero quedaría, quizás, fuera de esa "alta cultura". Los intelectuales, si es que existen, pertenecen a ese ámbito excelso. Son profesionales, expertos en una disciplina, pero con un dominio considerable de los principios básicos de todas las demás. Poseen una visión crítica y global de la sociedad. Resaltan por su amor incondicional a la verdad, la justicia y la libertad. También destacan por la prudencia de sus palabras, el tono dialogante y una incansable lucha contra la opresión y las miserias humanas. Su compromiso les lleva a arriesgar sus carreras, a enfrentarse al poder establecido y a criticar a sus propios amigos y camaradas, si la verdad lo requiere. 

Dicen los intelectuales que nuestros representantes deberían tomarse en serio la política cultural y educativa, ya que es esencial para el futuro de la sociedad española. No vendría mal contar, dicen, con un proyecto educativo para varias décadas. Y que hubiese tiempo para que la comunidad educativa pusiera en marcha dicho programa, con la participación y el consenso de todos los sectores… Deberíamos exigir a los futuros gobernantes que bajen el IVA cultural; que mejoren la programación de los medios de comunicación de carácter público; que los museos sean todos gratuitos; que el cine, el teatro y la ópera reciban las ayudas necesarias para que los precios de las entradas no suban; que se proteja al sector del libro con una ley seria que defienda los derechos de autor y acabe con la piratería; que los jóvenes científicos puedan seguir trabajando en laboratorios españoles; que se mejoren las relaciones entre la empresa y la universidad; que se fortalezca el sistema de becas de investigación; que los deportes minoritarios obtengan la atención que merecen… 
Hay muchas razones para preocuparse por la cultura. Además de generar riqueza y puestos de trabajo, nos convierte en seres más sensibles ante la belleza y ante las injusticias. La literatura, la escultura y las matemáticas nos dan un placer intelectual que tiene valor en sí mismo. Y nos permite resistir de forma crítica ante la irracionalidad y los abusos de poder.



http://www.diariodejerez.es/article/jerez/2306748/piruetas/vacio.html