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sábado, 9 de febrero de 2019

QUIÑONES Y LOLA




QUIÑONES Y FLORES
Llamamos odónimo al nombre de una calle, de una plaza o de cualquier espacio público. Los odónimos tienen fecha de caducidad corta o, en todo caso, mucho más corta que la de los topónimos (los nombres de ciudades u otros lugares de la geografía de un país). Esto es debido a que los odónimos dependen estrechamente de intereses políticos que, como sabemos, son muy inconstantes. Conviene precisar que el cambio de odónimo tiene que ser validado por las instituciones correspondientes y que, en nuestro país, las decisiones institucionales están supeditadas a las providencias del partido político de turno. 
Los odónimos funcionan, así pues, como huellas de las intervenciones políticas en territorios públicos. No son simples nombres sino discursos que defienden valores ideológicos, concentrados en pocas palabras, generalmente en el nombre de alguna personalidad local. 
En estos días se discute en Jerez sobre la pertinencia de cambiar el nombre del IES Fernando Quiñones por el de IES Lola Flores. Redenominar un espacio público es más complejo que el acto (ya de por sí espinoso) de nombrar, pues la redenominación implica una maniobra de desbautizo y, por tanto, de cancelación de una cierta identidad del lugar. 
En el caso mencionado, la opción entre Fernando Quiñones o Lola Flores no conlleva retirar simbólicamente de la historia a uno o a otro personaje ilustre, pues ambos representan temas y tradiciones muy arraigadas en nuestra región, que no son excluyentes entre sí: el vino, la tauromaquia y el flamenco. Aquí se trata, digámoslo abiertamente, de reemplazar el nombre de un hombre payo por el de una mujer gitana. El desbautizo, en este caso, marcaría entonces una ruptura simbólica con el pasado patriarcal blanco de nuestra ciudad.
Un odónimo condensa un discurso, como decía más arriba; un nuevo odónimo debería, siguiendo esta lógica, representar un nuevo discurso. Pero elegir entre nombre de hombre o de mujer, entre nombre de payo o de gitana, en realidad no conllevaría construir un nuevo discurso, sino perpetuar el de la diferencia y la discriminación, sustituyendo alternativamente un polo por su opuesto.
Si las instituciones (los políticos) quisieran demostrar su disposición para hablar de una manera nueva, deberían abandonar para siempre jamás el empleo de la dañina conjunción “o” y sustituirlo por el empleo masivo de la conjunción “y”. ¿Por qué elegir uno u otro nombre para el IES Fernando Quiñones, cuando podemos tener los dos? ¿Por qué no llamarlo IES Quiñones y Flores? Sería un nombre que sonaría disparatado, pero bonito y, sobre todo, se trataría de un odónimo que diría algo por fin realmente nuevo en nuestra ciudad. Quiñones y Flores sería un primer paso para acabar con la vieja dialéctica de dominantes y dominados; sería una apuesta por juntar lo que parece injuntable: los géneros, las etnias, las artes.
JUAN MANUEL LÓPEZ MUÑOZ

viernes, 6 de julio de 2018

FAKE NEWS



FAKE NEWS

Este anglicismo podría hacer pensar que estamos hablando de un fenómeno nuevo, pero en realidad no es así: las noticias falsas, los bulos y los rumores, son prácticas del lenguaje tan viejas como el lenguaje mismo y tan rancias como nuestros instintos para obtener un beneficio manipulando a los demás.
Hoy en día, con la multiplicación de las plataformas de información a través de dispositivos informáticos, parece cada vez más complicado diferenciar lo falso falso de lo verdaderamente falso tanto como distinguir la verdad falsa (la posverdad) de la verdad verdadera. Pero en realidad nunca fue fácil hacerlo, con o sin internet, debido a lo mutable que es la relación entre las palabras y las cosas, como bien nos enseñó Foucault.
Cambian las verdades como cambian las formas de engañar, pero las mentiras no son tan nuevas como lo parecen: engañamos en cuestiones de salud, de seguridad y de política. Se miente sobre el otro, sobre el que procede de otra religión, de otro país, de otra cultura, de otra clase social, de otro género, de otra orientación sexual. Después de todo, las fake news se sustentan sobre los mismos arquetipos y estereotipos que construyeron nuestros mitos y leyendas fundacionales.
Tampoco cambian las intenciones a la hora de fingir y simular verdades.
Mentimos por interés político, para desprestigiar a enemigos o rivales; o por interés económico, para captar consumidores; o también por interés social, para ganar amigos con un determinado fin, a veces simplemente para hacer reír.
Siempre se miente para obtener un provecho personal o, de lo contrario, como decía Rousseau, ya no se trataría de mentiras sino de ficción. En cualquier caso, fingir no es necesariamente un acto criminal. Los discursos sobre las fake news apuntan sin embargo a eso: a un crimen (social y ontológico, en sentido kantiano) que merece ser perseguido y castigado.
Parece como si, de pronto, el mundo se hubiese llenado de falsos testigos, de estafadores y de perros ladradores. Personalmente lo dudo. Y opino que no es aconsejable alimentar tal creencia, que a fin de cuentas banaliza la verdad y no sirve sino a la creación de un clima de desconfianza entre ciudadanos, así como de recelo contra los nuevos medios de información, favoreciendo, en última instancia, el retorno del monopolio sobre la verdad a las manos de esos pocos medios que están autorizados y legitimados por el poder dominante. Al final, la verdad verdadera siempre queda fuera.



Juan Manuel López Muñoz